Me acordé de las pequeñas cosas...
Agota el instante, pues pronto pasa. Sea lúgubre o luminoso, no volverá con idéntico traje.
Por Anna Quindlen
Tenía 19 años cuando me enteré de que mi madre padecía cáncer de ovario y no le quedaba mucho tiempo de vida. Acababa de cursar mi primer año de universidad, pero era la mayor de cinco hermanos y mi madre se estaba muriendo. Así pues, al principio de lo que habría sido mi segundo año, guardé libros y cuadernos y me puse a administrar dosis de morfina y a cocinar en una casa suburbana.
Es sorprendente lo que se puede aprender en un año. Regresé a casa en septiembre y mi madre falleció en enero. Hacía abril caí en la cuenta de que había rescatado una cosa de las ruinas en que se había convertido mi existencia: seguía viva, y podía disfrutar el inmenso placer de llenar y vaciar mis pulmones. Mire los narcisos y las azaleas, y por Dios que eran hermosos.
Regresé a la universidad y me encontré con muchos chicos para quienes la existencia era una carga. Supe en esos momentos que yo había experimentado una cambio profundo, pues nunca más volvería a ver la vida sino como un regalo.
¡Claro que de vez en cuando pierdo esta convicción! Hay días malos y días buenos; ciclos de vida y estados de ánimo sombríos. Hemos pasado por un periodo en que el pesimismo estaba de moda. Y hay ocasiones en que despertamos y comprobamos en la primera plana del periódico que hemos subestimado por completo la capacidad de sadismo y destrucción de los humanos.
Y aún así... la vida es tan emocionante: las charlas, las relaciones, el paisaje, en medio de nuestros muchos problemas. Por eso nos duele tanto cuando está en peligro; porque si pensamos en ella, recordamos lo calladamente maravillosa que puede ser. Sabemos que si nos quedaran sólo seis meses por delante, nos aferraríamos con ambas manos a cada día, a cada hora. Pero en lugar de alegrarnos por todo lo que tenemos, vemos el vaso medio vacío. Pensamos que el trabajo nos exige demasiado; que los hijos representan una terrible responsabilidad.
Digámoslo sin rodeos: la vida es buena, y por eso tenemos la obligación de mejorarla. Si ninguno de nosotros está dispuesto a devolver algo de lo mucho que ha recibido, nos estaremos burlando de tener tantos privilegios.
Es fácil decir que no nos queda un minuto libre; que las 24 horas del día no alcanzan. Cuando me siento así, recuerdo el día que pasé con una amiga que trabajaba dos veces por semana en un alberque para indigentes. Tenía una marido muy ocupado y dos hijos a quienes cuidar, además de su propio empleo, y yo, de pie junto al fregadero, la veía pelar zanahorias.
-¿Cómo encuentras el tiempo para hacer esto? - le pregunté.
Miró a los hombres y mujeres que hacían cola fuera y, sin detenerse en su tarea, respondió: - ¿cómo podría no encontrarlo?.
La pregunta no es si lo haremos: tenemos que hacerlo. Pero primero debemos reconocer lo mucho que se nos ha dado. La vida es divina. no lo digo en un sentido cósmico; me refiero, más bien, a las pequeñas cosas que la forman: las manos de mi hijo entre las mías, mi esposo cuando lee con la lampara a sus espadas, mi postre favorito, el libro que más me gusta... La vida está hecha de momentos: pedacitos de plata entre largos trechos de grava. Sería lindo que llegaran a nosotros sin tener que llamarlos, pero, dada nuestra ajetreada existencia, eso no ocurrirá. Debemos darnos tiempo para ellos.
Así que lanzo este reto: aprendamos a ser felices. Aprendamos a ver todo el bien que hay en el mundo y a devolverle aunque sea una parte.
Amemos las pequeñas cosas de la vida que a veces se nos pierden en el polvo de nuestros frenéticos días. Sin la íntima satisfacción que viene de ellas, nuestros logros no serán sino materia de un currículo. ¡Y que frío consuelo es éste de una noche de invierno!
La poetisa Gwendolyn Brooks escribió: ''Agota el instante, pues pronto pasa. Sea lúgubre o luminoso, no volverá con idéntico traje''.
A veces perdemos ese asombro, y a veces lo recuperamos gracias a lecciones duras, como la mía. El año en que murió mi madre aprendí que la vida es espléndida, y que no tenemos derecho de derrocharla.



ARIEL dijo
Exelente, puedo dar fe de ello pues he vivido algo muy similar.
18 Enero 2007 | 02:04 AM